martes, 7 de junio de 2011




Uno
...
Dos
...
Y al tercer intento,
la cerilla se quebró sobre la lija.

lunes, 23 de mayo de 2011

Bonnie estrechaba entre sus brazos aquella bolsa de cartón, llena de pasta y llena de grasa. Miró a su alrededor. Todos estaban escondidos bajo las mesas o tras la barra y Clyde continuaba apuntándoles con la Sprinfield que había robado de casa de su abuelo. Se le veía tan poderoso y seguro de sí mismo en esa posición...
Bajó uno de sus brazos, sosteniendo con el otro la bolsa, fuerte, contra su pecho. Se ajustó la falda, se subió las medias, encajó los zapatos en su sitio y miró a su derecha. Serían las doce del mediodía y el parking de aquella gasolinera se le antojaba como la puerta hacia la luz que te llama tras la muerte. Respiró, sentía cómo los billetes se estrellaban contra su escote y cómo una tormenta se precipitaba hacia sus ojos. Volvió a mirarle. Seguía erguido, como un perro de presa.
Era guapo, aquel cabrón.
La gente continuaba inmóvil, acomodada en el suelo, pensando en cómo debía contar aquella anécdota.
Bonnie cerró los ojos, apretó los dientes y en menos de dos segundos atravesó el umbral hacia la muerte amarilla. Traspasó los límites hacia la libertad eterna.

sábado, 14 de mayo de 2011

Elisa tenía sueños. Pasajes que alargaba en duermevela para descubrir cómo se resolvían. Algunos eran tan reales que si discutía con alguien mientras dormía, al día siguiente el enfado se prolongaba durante toda la jornada.

A veces, resultaban muy coherentes si los comparaba con la realidad que estaba viviendo y se preguntaba si no se tratarían los sueños, de la forma que los monstruos de la conciencia adoptan para enviarnos mensajes.
Si hubiera podido escribir alguno de ellos al levantarse, tendría un cuaderno lleno de relatos que, como dictados por un ente superior, le iban revelando las verdades y las mentiras de aquello que le preocupaba. A veces, se preguntaba si los íncubos existirían realmente y si no serían ellos quienes le dictaban aquellas imágenes a su mente y quienes posteriormente, con una exhalación húmeda, los fijaban en su memoria como verdades inalterables, como pasajes vividos.

 
Elisa una mañana, se puso frente a sus sueños. Los colocó en fila india y observó detenidamente los rostros que se le figuraban en aquella nebulosa onírica. Los fue llamando uno a uno, con voz firme y con desprecio, como hacen los coroneles en las películas cuando se encuentran frente a la fila se soldados.

A medida que se iban presentando, encontraba escenas de máxima nitidez junto con densos reflejos que ocultaban parte de lo sucedido. Estos, eran descartados de inmediato, por no revelar más que dudas y aportar incertidumbre en el proceso.

A continuación, encendió un cigarro y se quedó frente a los seleccionados. Elisa alargó la mano hacia una mesita en la que reposaba su libreta y fue comparando las fechas de sus anotaciones con aquellos detritus de la noche a los que había decidido interrogar.

De pronto, alzó la vista y dejó resbalar el cigarrillo entre sus manos. Los sueños habían desaparecido y lo único que quedaba ante ella era el reflejo de su silueta empañado por el humo del cigarro, que humeante, yacía en el suelo junto a sus pies.

Elisa, una mañana de mayo, abandonó su extraña compulsión de buscar las respuestas de las preguntas que nunca había llegado a formular.

viernes, 18 de marzo de 2011

Quiero ser indecorosa, hasta que se vuelvan verdes las granadas
antes de que al alba se desgranen, y caigan sus pepitas,
podridas: en el suelo.
Voy a derramar en la boca del silencio
lava ardiente que extermine los fantasmas y los velos.
Y si todo queda en pie, si todo queda quieto,
prenderán distintas llamas
en el cajón, del ansia y del deseo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Terminó de leer, he hice que lo repitiera.
Yo continuaba absorta en aquellos ojos verdes que de vez en cuando, se despegaban del texto y se clavaban en mí.
-Pero, si yo no me he inventado esta historia, y además, no la cuento tan bien.
- Elena, sigue leyendo, por favor.
Y ella frunció el ceño como cuando los niños chicos quieren decirte sin hablar y comenzó a repetir de nuevo, desde la primera palabra, ese cuento sin autora.
Yo tan solo quería besar aquellos labios de color carmín robado y lo hice. Y ella dejó entretanto resbalar los fonemas desde debajo de su lengua. Los dejó resbalar por debajo de su falda. Dejándose caer...

viernes, 5 de noviembre de 2010

Tornado

La chica que soñaba que todos los otoños eran primaveras, se sorprendió con las pupilas enrojecidas y atormentadas.
Y sintió que tenía quince años. De pronto, se le habían caído al suelo casi otros quince de experiencias, emociones y lecciones aprendidas.
En la adolescencia todo se vive como si un tornado te arrancara las entrañas- pensó- con la emoción irrepetible de las primeras veces.
Ella sentía ese aire enloquecido penetrando en sus pulmones y creía que quizá, todas aquellas primeras veces que recordaba, no le habían servido realmente para nada.
Como las furiosas tempestades que apartaban al héroe de su destino, sus labios temblaban al pensar que todo, lo bueno y lo malo, iba a vivirlo con la misma intensidad.
Se trataba de un regreso a los amaneceres rojos, a las tardes de culpa e incertidumbre, de vuelco en el pecho y sonrisa infinita. Una vuelta al anochecer que no permitía que las luces se apagasen bajo sus párpados.

La chica que, siendo mujer, se embadurnaba la boca de besos brillantes, tenía en el pecho una jaula y en las venas un veneno de estaño que le arrancaba la vida a base de quemarla.
No sabía en qué disco duro habría dejado los consejos, las esperanzas fallidas a base de algoritmos simples de experiencias tempranas y las bayonetas clavadas a media asta que habían atravesado su estómago desde la infancia y que le habían triturado hasta las ganas.
Se había olvidado de todo lo aprendido y se abandonaba a ese placer concupiscente de una cabeza que no conoce pasado y un corazón que tiene demasiadas expectativas sobre el futuro.

La chica cuyos labios sabían a cereza hasta en otoño, se disculpó frente el espejo y se dispuso a hacer lo que cualquier adolescente haría: escribir su propia memoria.

sábado, 18 de septiembre de 2010



Un día dijo un señor:
"esto es una cuestión de estado" y,
a los cinco años,
todos los periódicos hablaban de él.

Un día una señora dijo:
"esto es una cuestión de estado" y,
a los cinco días,

nadie en el pueblo
recordaba cuál era su nombre.