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jueves, 11 de agosto de 2011

Vísceras y extremidades

La chica de los labios color de iris, miró su pie plastificado y comprendió que algunas marcas no salen solas. El médico se había sorprendido y había confesado su ignorancia ante tal eczema. Volvió a mirar el plástico brillando al trasluz de una lámpara amarilla. Y notó su corazón también plastificado. Protegido y obligado a guardar reposo, impulsado a proteger el poco riego que aun le quedaba.
Algunas marcas son ilustraciones que el cuerpo nos graba en la piel para mostrarnos una evidencia. Podemos ignorarlas, tratarlas y mantenerlas ocultas. Pero la certeza de su existencia es persistente.
Quizá tuviera una pequeña muesca en la aorta y ahí era muy difícil aplicar la crema que ahora calmaba el picor constante de su pie. Un plástico que protege el corazón, pensó de nuevo. Y ladeando la cabeza descubrió que si la sangre le escocía era porque los leucocitos se le habían vuelto grises y un eczema inmunitario era muy difícil de vencer.
Tuvo tentación de rascarse, el film se lo impidió. Cogió su copa de vino y bebiendo lentamente se dispuso a evitar una anemia emocional.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Tornado

La chica que soñaba que todos los otoños eran primaveras, se sorprendió con las pupilas enrojecidas y atormentadas.
Y sintió que tenía quince años. De pronto, se le habían caído al suelo casi otros quince de experiencias, emociones y lecciones aprendidas.
En la adolescencia todo se vive como si un tornado te arrancara las entrañas- pensó- con la emoción irrepetible de las primeras veces.
Ella sentía ese aire enloquecido penetrando en sus pulmones y creía que quizá, todas aquellas primeras veces que recordaba, no le habían servido realmente para nada.
Como las furiosas tempestades que apartaban al héroe de su destino, sus labios temblaban al pensar que todo, lo bueno y lo malo, iba a vivirlo con la misma intensidad.
Se trataba de un regreso a los amaneceres rojos, a las tardes de culpa e incertidumbre, de vuelco en el pecho y sonrisa infinita. Una vuelta al anochecer que no permitía que las luces se apagasen bajo sus párpados.

La chica que, siendo mujer, se embadurnaba la boca de besos brillantes, tenía en el pecho una jaula y en las venas un veneno de estaño que le arrancaba la vida a base de quemarla.
No sabía en qué disco duro habría dejado los consejos, las esperanzas fallidas a base de algoritmos simples de experiencias tempranas y las bayonetas clavadas a media asta que habían atravesado su estómago desde la infancia y que le habían triturado hasta las ganas.
Se había olvidado de todo lo aprendido y se abandonaba a ese placer concupiscente de una cabeza que no conoce pasado y un corazón que tiene demasiadas expectativas sobre el futuro.

La chica cuyos labios sabían a cereza hasta en otoño, se disculpó frente el espejo y se dispuso a hacer lo que cualquier adolescente haría: escribir su propia memoria.

martes, 17 de agosto de 2010

Cuando la pluma es un relevo

de Raquel Campuzano Godoy, el El jueves, 12 de agosto de 2010 a la(s) 16:59 ·
 
-Pero, ¿qué historia quieres que cuente?
-Simplemente, esta que te estoy contando, Pedro.

Y de este modo la chica de puertas azules y labios siempre jugosos por el gloss me entrego su libreta y me dijo: escribe.

-La poesía es una trampa para el alma, porque se te transparentan las intenciones a cada verso. Como un vestido blanco al trasluz del verano.

Así que me dijo: haz de mi vida una ficción; haz de mi existir un cuento.

La chica de la sonrisa certera y el corazón silencioso bebió otro trago más de ron. Había lanzado al mar sus zapatos aquella noche. Cuando fue a encenderse el último porro la orilla le devolvió los dos.
La chica que creía en los mitos griegos, en el Hades, en el destino y en el oráculo de Delfos me dijo con los pies mojados:

-Pedro, todo mi misterio desaparece al roce de su cuerpo. Es como una ola que me convierte en espuma al tocarme. Como una marea mal curada que penetra en las pieles, borracha de arena húmeda.


-         La verdad es que no estoy muy bien últimamente. Ya sabes- me dijo esta frase mirando fíjamente a la luna que se reflejaba en la orilla en la que estábamos fumando.

Esta declaración me dejó totalmente aturdido. Creo que era la primera vez que la chica de labios siempre mordisqueables me decía qué era lo que le sucedía realmente. Estaba acostumbrado a sus continuos “ya se verá”, “es algo transitorio” y no llegaba a asimilar su sinceridad brutal. Después de un largo silencio y una también larga calada al porro, prosiguió:

-         Una de las razones por las que te he pedido que escribas por mí es porque llevo meses sin encontrar ningún tipo de respuesta.
-         ¿Pero qué tipo de respuesta buscas? No te entiendo.
-         Yo siempre he escrito para aclararme, para saber qué tenía que hacer en cada momento. Y no encuentro ni una sola pista. Nada. Es la primera vez que me pasa.

Reconozco que a medida que iba pronunciando sus palabras yo simplemente, seguía aturdido y a la vez, embobado con el brillo de su piel.
Ella se iba hundiendo poco a poco mientras la marea no paraba de subir. Ese fue el momento en el que perdió una de sus sandalias.

-¡Mierda! Me he quedado sin uno de mis zapatos, ¡joder!
Me pasó el porro de repente y se puso a buscar en la arena oscura. Puso esos ojillos de topo que se suelen imitar de manera inconsciente cuando uno busca algo en la oscuridad. Obviamente, su rastreo, no tuvo éxito. Fue entonces cuando cogió la sandalia que el mar había respetado y tomando carrerilla la lanzó al agua.
¡Plof!

-Lo que el mar se lleva, que en el mar se quede. Pásame el porro- me dijo sin añadir nada más.

Yo sabía que aquella noche me tocaba ser el cómplice, el psicoanalista, el guardián de sus confesiones. Y su vestido blanco remangado en la cintura, subía y bajaba con las olas, y yo, no podía dejar de mirarla. Testigo mudo de su historia propia y de sus romances con otros. Yo el cielo lo tengo ganado, pensé. Y ella me dirigió una mirada desafiante que cortó de cuajo mis pensamientos.

-Pensaba que era una mujer segura. Al menos, la gente dice que aparento eso, pero es mentira. Hasta yo misma me creí que ese era mi papel en el mundo. Segura y decidida. Quizá nunca lo haya sido. Todo ha sido un espejismo que me ha traído hasta aquí. Hasta este punto inconcluso de mi vida.

Se quedó un buen rato en silencio. Antes de que yo pudiera añadir nada la chica de adicción preocupante a la cosmética labial, me dijo:

-Es una cuestión de expectativas, Pedro. Creo que es eso. Yo he recorrido el camino en dirección opuesta a la que debía haber tomado.
Al principio de mi experiencia como adulta, nunca esperé nada de nadie. Por eso mis expectativas eran tan bajas que siempre quedaban satisfechas. Y yo pensaba que mis decisiones eran sencillas y correctas. A medida que ha pasado el tiempo, genero ideas sobre lo que los demás van a darme o pueden quitarme. Eso me angustia de tal modo que me paraliza, y soy incapaz de nombrar si quiera mis deseos.


Me pasó el final del porro. Yo seguía contemplándola e imaginaba el salitre resbalando por sus piernas mientras ella intentaba deshacer el hueco que se había ido formando en torno a sus pies. Estaba atrapada en la orilla..
La ayudé a salir, tenía los bajos del vestido chorreando.
-¿Una copita?
-¿Descalza?, te recuerdo que acabas de lanzar tus sandalias al agua.
-Solo lancé una- replicó- además, estoy convencida de que por esta vez, el mar, me ha perdonado.

Efectivamente, al salir del agua vislumbramos un par de manchas negras.
El océano había escupido sus zapatos por arte de magia. Ella se calzó y me hizo un gesto con la cabeza. Yo, me limité a seguirla.


“Una cuestión de expectativas”. Acababa de reproducir en mi mente palabra por palabra la conversación que habíamos mantenido aquella noche en la playa antes de venir a tomar una copa. La chica de los labios ultrahidratados había arrastrado sus sandalias hasta el cuarto de baño del local, dejando una estela de arena y agua. Y dejándome a mí apoyado en la barra, absorto por aquella escena.
Yo miraba sus huellas al tiempo que acariciaba lentamente el lomo de su libreta.
La había dejado en el bolsillo trasero de mi pantalón y me mordía los labios solo de pensar que iba a poder leer todo lo que se le había pasado por la cabeza en los últimos meses.

La chica que dejó pasar oportunidades pensando que lo que sentía en su pecho era amor, apareció a mi lado con los labios hinchados y brillantes como un cristal recién pulido. A mí se me cortó la respiración de repente, como si ella pudiera adivinar lo que estaba pensando solo con rozar mi piel.

-¿Otra copita?-yo la miré de nuevo asombrado, esta chica me leía la mente. Asentí  con la cabeza. Me entraron unas ganas irrefrenables de besarla.

Y entonces, justo en ese momento, recordé lo que me había dicho minutos antes, después de la declaración sobre la espuma, el oleaje y la metáfora del mar que la cubre como un amante, ¿o era al revés? Yo qué sé, el caso es que se me vino como un jarro de agua fría a los ojos: “a este profundo mar verde le falta un buen eclipse”.

Yo sabía que no estaba hablando de mí. Todo era una cuestión de expectativas…
-Sí, otra copita, la penúltima.- A continuación sonreí y dejé que la camarera hiciera su trabajo.

jueves, 22 de julio de 2010

Reencuentro

La chica de los labios de gloss temía llegar a convertirse en la mujer de sonrisa mate. Asíq ue rápidamente sacó de su pequeño pero práctico bolso, todas las barras que fin de semana tras fin de semana se habían ido colando en su interior y las sustituyó por un bote medio gastado de gloss long-life 24h efecto cristal.

La chica cuya sonrisa había brillado desde el día del eclipse miró hacia el cielo y comprobó que después de muchos días (quizá fueron solo horas pero a ella se le antojaban media vida) volvía a lucir el sol.
Había pasado la tormenta.
Se sorprendía de la volubilidad humana, al tiempo que se acostumbraba a la volubilidad climática.
La chica que guardaba recortes de su memoria en una pequeña libreta desgastada, soñaba con que algún día, el cielo de su pecho estuviera tan despejado como hoy lo hacía el que cubría su cabeza.

La chica cuya adicción a la cosmética labial preocupaba a más de un dermatólogo, sintió vibrar su móvil.
Se paró frente al espejo mientras rebuscaba inquieta en los rincones de su bolso.
De repente, algo cayó al suelo. Bajo sus pies yacía un sobre amarillento cubierto por la tinta. Sonrió.

Acababa de recuperar parte de su historia.

martes, 22 de junio de 2010

La chica de los labios rojos como rubíes y jugosos como cerezas al morder, soñaba que ya no iba a soñar más porque a veces, lo que imaginaba dormida se hacía realidad.
Como en una suerte de ciclo premonitorio se daba cuenta de que tanto lo malo como lo bueno se había ido cumpliendo.

El gloss que se había puesto aquella tarde tenía un cierto sabor frutal por lo que la chica cuyo brillo en los  labios nunca era casual, lamió lentamente el anverso de sus comisuras y recordó que ese era el sabor dulce pero picante que el último sueño le había dejado en la boca.
De nuevo, constataba que muchos deseos inconscientes a veces, se transforman en cuerpos empáticos. En abrazos infinitos.

miércoles, 16 de junio de 2010

La chica de los labios brillantes y pegajosos era hoy, la chica de los ojos temblorosos a causa del diluvio.
Su corazón latía muy deprisa al ritmo que su pensamiento martilleaba sus sienes repitiéndole una y otra vez: ¿Por qué te metiste ahí? ¿Porqué tuviste que probar suerte con eso?

Recordaba cómo tras aquella función en la plaza de la Catedral, se había sentido contrariada pero con ganas y fuerzas para ser ella misma la actriz que representara el papel de su vida. Si alguien había tenido la idea de montar un espectáculo cuya trama era la vida de otros, ¿porqué no montar uno con la vida propia?

Llevaba meses vendiendo su idea, girando por una tierra que aunque no era suya, la había acogido con los brazos abiertos. La chica de los labios como estrellas repasaba en una lista los éxitos y desventuras de su periplo teatrero mientras recogía el último zapato que perdió en el escenario la noche de la tormenta de verano.

Primero suspendieron unas cuantas funciones. Esas pérdidas eran asumibles porque la chica de la adicción por los barnices y la cabeza bien puesta había calculado siempre a la baja los beneficios de su empresa.
Luego fueron los recortes presupuestarios en las salas. Algunas funciones hubo que llevarlas a la calle porque para ahorrar, habían decidido prescindir de la iluminación. Otras, de noche, se representaban con candilejas lo que le daba un toque romántico y decimonónico a la escena que enganchaba a muchos de los que no habían visto la obra aun, o hacía repetir bajo los visos de la novedad, a los asiduos.

A continuación, la chica de los labios marrones o rosados según el tono de gloss y el estado de ánimo, tuvo que establecerse en un teatro. Las giras eran muy costosas y la suspensión de funciones y de pagos comenzaba a ser insostenible.

La chica de los labios descoloridos por el tiempo que llevaba sin renovar su maquillaje, estaba sentada encima de un baúl, como esos antiguos, como los que los titiriteros, trotamundos, ilusionistas y cómicos arrastraban de ciudad en ciudad portando sorpresas e ilusiones.
Se levantó con los ojos empañados mordiendo su labio inferior con fuerza, abrió el viejo cajón de cuero y puso con mucho cuidado el zapato, un pañuelo y la máscara que le regaló un buen amigo el día que vio su vida sobre un escenario.
Cerró el baúl, un montón de polvo se levantó en torno a ella. Se echó a llorar sosteniendo el cartel de "se suspende la función".

miércoles, 26 de mayo de 2010

La chica de los labios jugosos y hambrientos jugaba con sus dedos y mordía impaciente sus uñas. Sabía lo que le esperaba y estaba claro que eso le gustaba, mucho, muchísimo.
Recordaba la última vez, cómo se había bebido el sudor, tragado la saliva y resbalado con el jugo de los cuerpos.
Sentía estremecerse su columna, al ritmo de la cabalgadura infinita, al son de las bocas que suspiran y de las pieles que se habitan.
Imaginó de nuevo unas manos cubriendo sus pechos, restallando las heridas marcadas por tantas batallas y haciéndolas sangrar.
La chica que antes de cada cita hacía brillar sus labios gracias a su pincel cargado de gloss, no podía olvidar que había vuelto a llorar, que había vuelto a explotar, que se había sentido atravesada por el deseo, por la pasión. Y sentía que en el fondo, todo esto que parecía algo vivido, realmente era totalmente nuevo.

Sol de eclipse

La chica de los labios tan brillantes como un amanecer bañado por el rocío tan sólo quería llorar.
Sentía que efectivamente, todos sus temores se habían hecho realidad. Que todo lo que había temido, y todo lo que se había culpado precisamente por temerlo, no eran simples fantasías suyas.
Recordó aquella obra de teatro frente a la catedral, en la que ella aparecía rodeada de cenizas, ubicada en un espacio que parecía el campo de batalla de una guerra. Observando las ruinas de lo que quedaba de su vida.
Apenas le quedaban fuerzas para otra cosa que no fuera compadecerse. La chica a la que no le gustaba retirarse el gloss con una servilleta confirmó que nada se puede esperar de lo que no existe, de lo que no avanza, de lo que no es bueno ya desde la raíz.
Hacía mucho tiempo que deseaba sanear su vida y sin embargo, se había dejado llevar, se había dejado ilusionar, iluminar por lo que al final, no había sido más que un espejismo.
Se había quedado cegada por aquellos ojos de sol de eclipse.

viernes, 21 de mayo de 2010

La chica que por un día sustituyó su pequeño bote de gloss por barra de labios mate(fuerza mayor: fin de existencias) pensaba que qué carajo significaba aquello de allegro moderatto si escuchando a Bach se le estaban saltando las lágrimas.
Sentía como si el arco del violín estuviera desgarrándole el pecho y cada vez que se elevara su tono, su ánimo subía al infinito para luego, dejarse caer hacia el vacío, hacia el silencio, amortiguada tan sólo por el susurro del clave que se apaga.
Un clave bien temperado dicen, y a ella se le llenaba la boca del estómago de hormigas al escuchar el descenso de la melodía. Era el final, como una muerte hecha pentagrama, así que decidió pasarse a la tocata y la fuga.

La chica que tenía una adicción incomprensible por el pegajoso barniz de labios pensó que era injusto buscar refugio en la música clásica y encontrar tan sólo desasosiego, un pulsar de las entrañas como se pellizcan las cuerdas del traste del cello hasta hacerlo sangrar en corcheas.

La chica que de tanto en tanto parecía y era más inteligente de lo que los demás pensaban, se dijo para sí misma que ya no podría encontrar refugio en las palabras, ni en el lenguaje, porque había veces que no comprendía su mensaje. Porque había veces que una nota, un susurro, un descuido del viento era capaz de transmitirle una verdad más fiable.

martes, 11 de mayo de 2010

La chica de los labios pegajosos porque de tanto en tanto el gloss se recalentaba en su bolsillo, cogió por el extremo otra fresa y la relamió con dulzura antes de morderla. Recordaba , que había tardado casi una hora en recuperar el ritmo normal de su corazón, y aún se torturaba por el dolor que le había producido tener que poner distancia entre sus cuerpos.

Cada día es más intenso, pensó, mientras acariciaba sus comisuras con la lengua, saboreando de nuevo, la mezcla de pintura, sudor y el sabor a fresas.

martes, 4 de mayo de 2010

La chica de los labios brillantes pasó de nuevo el pincel por sus comisuras. Estaba indignada porque el día debería tener 28 o 29 horas y los segundos tendrían que ser eternos, porque se quedaba con ganas de más, con la mirada perdida y la sonrisa en la cara, apurando la esfera del reloj.

Antes de echarse a correr, miró hacia atrás. Ya no tenía que preocuparse por pisar ningún charco en su camino, pero sí por no tropezar con el sol hirviendo. Ardiendo como su pecho. Quemando como el hueco palpitante que quedaba siempre entre sus piernas.

viernes, 5 de febrero de 2010

La chica de los labios brillantes, pensaba que de vez en cuando, las palabras no significan lo que insinúan sus fonemas. Revolvió despacio dentro de su bolso, y alcanzó una barra de labios llena de miguitas de un cigarro que se había disuelto en las entrañas de uno de los bolsillos de su casa colgante. Mientras rozaba suavemente su boca con la mezcla de óleo apto, suspiró: "yo sólo quiero tomarme contigo, un café al sol"

miércoles, 27 de enero de 2010

La chica de los labios brillantes y jugosos salió corriendo en dirección contraria a sus deseos. "La esfera de este maldito reloj es vengativa", pensaba mientras cruzaba la calle, girando su cabeza en busca de una mirada furtiva...

Aquella mañana sentía como si el mundo entero guardase un gran secreto que ella debía aun desvelar. Mientras pensaba en la pieza que le faltaba para completar el puzzle de sus sentimientos, la chica que nunca olvidaba el gloss en casa, se afanaba por pisar los charcos de la calle. Espejos improvisados que reflejaban silenciosos la amplia sonrisa que arqueaba sus labios...

Con una sola media

La chica de los labios jugosos, miraba desafiante a su oponente mientras estiraba con sus manos el elástico de la única media que apretaba sus muslos.
Estaba dispuesta a transformarse en un animal que arrebatase el último suspiro de su amante para sustituir su propio aliento con el suyo.

La chica que antes de cada cita pintaba lentamente su boca para convertirla en fruta de temporada, se colocó encima de él, mientras observaba su mirada ansiosa y sorprendida.
Colocó sus manos en el extremo del lazo que sujetaba sus braguitas y comenzó a moverse sin pausa.

La chica que antes de ser mujer, quería probar y comprobar que la paciencia de los hombres es limitada, sonrió dulcemente mientras con su lengua terminaba de extender hacia sus mejillas, los restos de carmín que aún quedaban en su boca.

miércoles, 20 de enero de 2010

Entreacto

La chica de labios jugosos y brillantes avanzó un par de pasos y se paró en seco.
Acababa de reconocer aquel sentimiento lejano que parecía ya perdido. Sabía que era totalmente incapaz de olvidar, por lo que de tanto en tanto, recordaba sentimientos pasados y sufría del mismo modo que lo hiciera cuando éstos aun conservaban su forma y motivo originales.
Apretó sus labios, uno contra el otro, para saborear de nuevo lo que fuera un beso perdido, más bien robado, que aún estaba latente en su boca, entre sus dientes, en la punta de una lengua que se mostró servicial cuando tuvo la oportunidad.

Movió la cabeza de un lado a otro y pensó “estoy atrapada sin remedio”. La única opción que le quedaba, era seguir caminando hacia delante.
La gente se agolpaba en las aceras, fruto de una iniciativa cultural de la ciudad que había conseguido atraer a propios y turistas hacia un género ya poco apreciado: el teatro. Lanzó la mirada hacia el fondo de la plaza abarrotada y observó unas tenues candilejas que apenas si iluminaban un escueto escenario vacío.

La chica que para sentirse sexy embadurnaba sus labios de gloss hasta hacerlos irresistibles, decidió quedarse un rato parada, con la expectativa de encontrar alguna respuesta en aquella sobria puesta en escena.

Un escalofrío recorrió su cuello cuando apareció un cuerpo semidesnudo en escena. Entrecerró los ojos para comprobar que sus pupilas habían captado lo que su piel ahora delataba: ese cuerpo era el suyo.
Quiso avanzar corriendo hacia el escenario, lanzarse contra la actriz que se contorsionaba brutalmente en una suerte de danza tribal, y arrancarle con los dientes el poco de ropa que cubría su escuálido cuerpo.
Como si de otra persona se tratara, se llevó las manos a la cara para reconocerse despierta. Ladeó la cabeza para comprobar si algún espectador se había percatado de que la persona que se encontraba a su lado sufría una bilocación un tanto preocupante.
A su lado un hombre aspiraba con fuerza un cigarrillo. Nada. Detrás, una familia con un carrito de bebé se disculpaba por golpearle los tobillos con las ruedecillas.

Comprendió entonces que alguna extraña fuerza había guiado sus pasos hasta allí. Recordó el repentino devenir del sentimiento pasado, las candilejas, los movimientos frenéticos de esa chica en el escenario y se dio cuenta de que tenía que terminar de ver la función.
Respiró hondo un par de veces y fijó la vista en el escenario que de repente se había llenado de luz. El espacio se había cubierto con una fina capa de humo que dejaba entrever unas extrañas estatuillas como de dioses de un tiempo remoto que no podía acertar a señalar. El tiempo que estuvo buscando la razón de su duplicidad, le había restado atención al espectáculo, por lo que sentía que se había perdido algo.
De pronto, el escenario se iluminó por completo y poco a poco, la niebla fue descubriendo un decorado parecido al salón de su casa. Las estatuillas permanecían inmóviles muy cerca de lo que simulaba su sillón, la cómoda del televisor, el Ficus de la esquina… Todo parecía cubierto de un polvo que anunciaba el paso de una batalla cruenta. Contemplaba a la chica del escenario posar su mano suavemente en cada uno de los muebles que ahora componían las ruinas de su casa. Cada vez que posaba sus delgados dedos sobre un mueble, acercaba su mano más tarde, para lamer lascivamente el polvo que cubría el siniestro decorado.
Cuando se aproximaba a alguna de las estatuillas se quedaba rígida, frente a frente con la imagen. Hasta que en una violenta sacudida, dejaba caer su cuerpo sobre la figura y comenzaba a besarla frenética, a lamerla como si de un alimento divino se tratara. Se detenía en el cuello para morder la superficie de cartón piedra que las recubría y acto seguido, dirigía su mirada hacia el público con un trozo de material arrancado a la estatua entre sus dientes.

Lamía el polvo de los muebles, embestía una estatua, sonreía al público masticando un trozo de cartón. Polvo, embestida, polvo, embestida y siempre concluía con el trozo de piel ficticia entre los dientes.
De pronto, todo se apagó de repente. Un gran bullicio se hizo en la plaza. La gente inquieta comenzaba a moverse de un lado a otro, y de repente, la chica de labios carnosos por el efecto del pintalabios comenzó a sentir cómo decenas de manos comenzaban a recorrer su cuerpo.
Se hizo el silencio, y atrapada en la oscuridad que ahora reinaba en todo el espacio, intentó quedarse quieta durante un segundo, intentando despertar de aquella terrible pesadilla, mientras sentía un dedo entrando en su boca, una mano agarrando su cuello, otra apretando sus pechos, dos manos separando sus muslos…Su respiración se hacía cada vez más fuerte y agitada, y sus ojos buscaban las siluetas a las que esas extremidades debían pertenecer, pero no alcanzaba a diferenciar nada. Sólo negro. Sólo palmas, dorsos y falanges acariciando y sujetando su cuerpo.

Estaba sumida en una gran conmoción, como paralizada, cuando de golpe tuvo la necesidad de resistirse. De salir corriendo. Moviendo los brazos hacia los lados consiguió deshacerse de algunas de las manos que sostenían su cuerpo. Agitando la cabeza deprisa, consiguió liberarse de los dedos que taponaban su boca, que jugaban insidiosos con su lengua estirándola hacia fuera, obligándola a lamer sus labios una y otra vez. Cuando se notó un poco más suelta, giró bruscamente sobre su eje y corrigiendo el pequeño desequilibrio que este movimiento había provocado, comenzó a correr apartando a manotazos los cuerpos que se abalanzaban sobre ella. Continuó corriendo hasta que encontró un portal abierto en el que esconderse.
Asomó discretamente su cabeza desde el interior y comprobó que nadie la había seguido. Volvió la mirada hacia el final de la calle, a la esquina que colindaba con la plaza. Al fondo, un murmullo de voces, luces en lo que parecía ser un escenario y una figura bailando suavemente deslizando su cuerpo contra el suelo.

Miró hacia arriba buscando el nombre de la calle a la que había ido a parar. Escapar de ahí sería mucho más fácil si sabía qué dirección coger. Columela. Se encontraba tan sólo a 100 metros de la plaza y la calle estaba vacía.
Apoyó su cuerpo contra la pared, con un gesto de alivio. Algo se le clavó en la espalda. Al darse la vuelta comprobó que había dejado caer su cuerpo contra un espejo.
Lo agarró con fuerza y dirigió el cristal hacia su rostro. Con las manos temblorosas comenzó a revolver su bolso hasta que lo encontró. Desenroscó la tapadera y sacó un pincel impregnado de pintura. Lo apoyo sobre su labio inferior y comenzó a deslizarlo suavemente de un lado hacia otro. Cuando su boca estaba cubierta con una capa de carmín, apretó con fuerza los labios, como queriendo recrear ese beso perdido, quizá robado.

De repente, en medio de un gran silencio, un aplauso multitudinario retumbó en las paredes de la calle.
La chica de labios serviles que se dejaban arrastrar por el deseo suspiró aliviada: la función, había terminado.