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miércoles, 2 de enero de 2013

No sé  si lo que quema
son tus ojos o tus labios.
Un solo roce
y lenguas incipientes de deseo
convierten el agua en combustible.


No sé si tus palabras
o su cauce
me hacen oscilar frente al vacío.
O es la cuenca de tu pecho,
la entrada a mi morada.

No sé qué es lo que esconde
el presente a sus espaldas
Ni si esta luz es fogonazo, chispa o
brizna pasajera.

Solo sé que tu presencia
mantiene indiferente a la locura.

domingo, 28 de octubre de 2012

Sigo soñando

Este texto corresponde a un ejercicio de un curso que estoy realizando en este momento. En el enunciado se nos preguntaba qué había significado para nosotros el cine y la televisión. A mediados de los años 90 emitían en Canal + una serie que me encantaba, cuyo nombre no me acordaba hasta hoy: Sigue soñando. Creo que es el título perfecto para esta entrada, ya que su recuerdo, me inspiró las líneas que aquí siguen. Espero que os guste.




Me siento en el sofá, muchas veces aunque sea verano, me pongo la manta como un acto reflejo. Enciendo la televisión. Siempre he pensado que he sido una persona poco apegada a la tele, que no me he expuesto en exceso. Y sin embargo, en el momento en el que me vuelvo a sentar día tras día, como un ritual, un ratito aunque sea, a ver la televisión, estoy repitiendo algo que durante años he hecho de manera inconsciente.
Supongo que será porque cuando yo nací nos acabábamos de cambiar de casa, mis hermanos consiguieron el perro y mi padre el coche nuevo. Y como toda buena familia de la década de los ochenta, teníamos otra excusa para mantenernos unidos: la televisión. Era un mamotreto grande, marrón imitando a madera con unos botones desproporcionados que servían para cambiar de canal. Nunca había mucha discusión acerca de qué ver. Me suenan mis palabras como las de una abuela cuando apenas han pasado treinta años. Pero sí, todavía no teníamos más que “la uno y la dos”.  Y como había que cambiar manualmente, nuestros padres nos dejaban elegir, porque ellos preferían quedarse en el sofá, ignorándose. Las cosas no iban bien en casa y el momento sofá y tele era el único en el que al menos, su silencio mezclado con la campana del Un, dos, tres nos evitaba broncas colaterales y llantos en la cocina.
Recuerdo también las tardes en el cine de Diego de León y en una sala pequeña que había en Ortega y Gasset donde vimos el estreno de La historia interminable. Esas tardes sabían a caramelos de Drácula y palomitas y a dolor de tripa al llegar a casa.  Asocio películas a días de lluvia, churros y chocolate en “el Pauli”, como Los Goonies (que grabamos de la tele)  o cuando mi hermano mayor se obsesionó con Regreso al futuro y nos retó a verla al menos 10 veces. Sí, Doc, has sido siempre una paradoja en mi vida.

Cuando todo se puso feo y nos dimos cuenta de que nuestros padres no solucionaban las cosas como los de Enredos de familia sino más bien como los de La guerra de los Rose, mi madre alquiló un apartamento en el que comenzamos a vivir las dos juntas. Las visitas eran alternas (martes y jueves, un fin de semana sí, otro no, lo tengo en la cabeza como un mantra) y como nos quedaba poco tiempo para poder jugar juntos, mis hermanos y yo, dejamos de ver la televisión.  A mi madre nunca le ha gustado y por aquello de que no me quedase callada en las conversaciones del recreo, me compró una Elbe pequeñita, gris, de unas catorce pulgadas que parecía un monitor de Spectrum  y la puso encima de mi mesa, en  mi cuarto. Mi habitación en aquel momento era tan grande como una tienda Quechua uniplaza, así que más que gustarme el hecho de poder controlar lo que veía, la tele me molestaba y me quitaba espacio para estudiar.  Solía ponerme en la mesa del salón en cuya librería reinaba como un rascacielos una cadena Pioneer que había ganado claramente la batalla a la televisión. Por aquel entonces, mi educación audiovisual era bastante extraña. Yo aprovechaba las tardes que mi madre llegaba tarde del trabajo para ir a casa de mi vecino, Jose, que vivía con tres gatas y una paloma y que tenía una gran tele con mando a distancia y vídeo (al mudarme de casa, el vídeo se lo quedó mi padre) y todas las películas de Disney en versión original. Reconozco que yo, no me enteraba de nada, los diálogos eran lo de menos, pero su casa era mágica, llena de antigüedades, alfombras traídas de diferentes partes del mundo, santos, libros en pasta de cuero, cartas del  Tarot, fotos de Rocío Jurado firmadas y un altar con la Virgen del Rocío a la que cambiábamos la ropa como yo hacía con mi Nancy. De este modo, el mundo de las princesas vino a mí envuelto de un halo mágico y totalmente desprovisto de una lectura hegemónica. Porque esa casa, ahora pensándolo con el tiempo era lo más queer que podía existir en el barrio Salamanca de Madrid en los tempranos noventas.  Y he aquí que con la llegada de los canales privados, esa pequeña tele gris volvió a ocupar un gran espacio de mi vida. Juana y Sergio y Julia me han quitado horas de estudio y de sueño y me regalaron mi pasión por el voleibol. Yo que era una niña escuchimizada, tímida y empollona que comenzó a desear la hora del recreo como nunca antes  había pasado. Organizábamos liguillas entre clases y a cada uno de nosotros se le asignaba un personaje por unanimidad. Mis potentes saques ensayados antes de volver a casa cada tarde y mis recepciones precisas gracias a vivir en un primero y no molestar a nadie con el balón, me hicieron ganarme el mote de Juana. Esa serie me ha marcado porque me dio una pasión y un modo de evadirme de otra forma que no fueran las interminables series de Barco de Vapor o las noches en torno a la radio en casa de mi padre escuchando Sábanas blancas en Radio Nacional.

La tele en los noventa, me normalizó. Y me ayudó a socializarme. En el 92, tras un verano de Expo y Disneylandia (seguía siendo fan del fenómeno Mickey) nos mudamos a la Coruña. Entré en un nuevo cole y aprendí a  divertirme bajo la lluvia. En el colegio se daba gallego y a mí me ofrecieron la posibilidad de no hacerlo de modo obligatorio. Pero yo había pillado el truco a esto de ser nueva. Si veía los dibujos de la TVG, tenía inmediatamente tema de conversación y de juegos, así que me apunté de cabeza a gallego para poder ver Capitán planeta o Dragon Ball.  Recuerdo también otra mezcla extraña de influencias. Por una parte, con diez años supe que quería dedicarme a la biología o a la medicina (se ve que, para vidente, no sirvo). Lo supe por La vida es así, que me tuvo como loca queriendo conseguir el esqueleto que regalaban con la serie, y cuyas enseñanzas sobre genética he aplicado hasta selectividad. Pero por otra extraña razón, a mí también me divertía hacer el baile de las Mamachicho. Y sí, por primera vez, después de Barbies y princesas Disney  vi la diferencia de lo que era ser niña y no un niño. A mí me hacían mucha gracia y me encantaban los trajes que llevaban puestos en el VIP noche, yo solo veía el disfraz. Con el tiempo me he planteado cómo pudimos crecer rodeadas de Chicas “Chin chin” y muchachas en bikini bañándose en un jacuzzi con Gil y Gil, ahora no sé qué influencia han tenido, pero la cosa es que me sé entera el Mama Chicho me toca.

Como recompensa por el cambio de ciudad mi madre no compró un vídeo, que era lo que yo le pedía, sino que trajo el Canal +. Mi preadolescencia está llena de imágenes de películas de Almodóvar que mi madre nunca supo que vi, porno a rayas y documentales de la BBC. Hubo una serie que me marcó pero que nunca me acuerdo cómo se llama, que echaban en el plus como en el año 95. Se trataba de un hombre que había crecido pegado al televisor. De modo que todo lo que le sucedía en la vida, podía asociarlo con una imagen, una película o un momento de un programa de televisión.  Me encantaba saber que era la única de mis amigas que podía ver esa serie, y el hecho de no comentarlo con otra gente, la hacía como mía.  Durante un tiempo intenté hacer algo parecido y cuando veía algo en la tele o el cine que me gustara, intentaba asociarle un recuerdo. Por ejemplo: Tacones lejanos/Luz Casal en el R5/muñeiras/disfraz de Cenicienta. Así tengo fragmentos de memoria prendidos a imágenes que me marcaron de por vida.
Luego me reenganché a las series de familia, pero esta vez había algo distinto en ellas. Todos, absolutamente todos, eran negros. Creo que El príncipe de Bel Air, El show de Bill Cosby, Webster o Cosas de casa hicieron que nunca pensara en la diferencia, ya que sus historias eran lo único que teníamos en las tardes interminables de dolores de piernas, Bollycao y Antena 3.

Me acuerdo cuando me probé una falda y ya no me cabía. Me habían crecido las caderas (y no por los Bollycaos) y mi cuerpo adoptaba una forma extraña entre tabla de planchar y guitarra flamenca. No sabía qué ponerme ni cómo ponerme. Hasta que llegó Blossom. Esta sí que es una de esas series que le cambian a una la vida con 13 años. Todavía tengo los gorros que me compraba mi madre en Londres cuando íbamos a ver a la familia. Flores, sombreros, mitones, medias de lana de colores a media pierna, tirantes, tules y una chica normal, en una familia imperfecta. Juro que la onda Blossom fue como un soplo de aire fresco en nuestras vidas de pavo recién estrenado y complejos hasta en la nuca.
 A partir de ese momento, tengo como un fundido en negro en el que aparecen Entrevista con el vampiro, Un pez llamado Wanda y  algunos fragmentos perdidos de La flor de mi secreto. Y casi después de estas imágenes, la televisión se mudó a un cuarto propio, “el cuartito de la tele” que ha marcado la distribución de todas y cada una de nuestras casas a partir de entonces. Si querías ver la tele, tenías expresamente que “ir” a ver la tele. Así que como ya me pintaba el pelo de verde y fumaba como una licenciada, el cuartito de la tele servía para “pitis” a escondidas y besuqueos encubiertos. La tele de fondo y ningún referente más que el que estábamos construyendo. Aunque nos hacíamos las duras, he de reconocer, que eso sí, a la hora de comer, no faltaban los episodios de un recién estrenado Al salir de clase, “alsálir” para los amigos, que nos servían de guasa y petardeo a la hora del descanso cuando nos escapábamos a “echar un pei”.

 Me recuesto en el sofá mientras ajusto la manta para que el portátil no me queme las rodillas. De fondo, la televisión. Algún capítulo repetido de La que se avecina, y pienso que hace tiempo que con esto de Internet, la tele no pasa de la tercera temporada de series como A dos metros bajo tierra.  Y lo vuelvo a hacer: A dos metros bajo tierra/asamblea/Génova/gimnasio/cocido/funk en el Clandestino.
Y finalmente, respondo a la pregunta: el cine y la televisión me han ayudado a habitar mi memoria.

viernes, 26 de octubre de 2012

Se me ha clavado el miedo
en el techo de la boca.
Como un anzuelo negro,
oxidado, de punta roma y vieja guita.
Que intenta arrancar de cuajo las entrañas
dejándome el esófago repleto
de sangre visceral, a veces rancia.
Se me ha clavado el miedo
en la garganta,
y lucho
porque de esta, no vomite
la templanza.  


jueves, 6 de septiembre de 2012

A veces, un rayo intempestivo ilumina zonas de la tierra que han estado largo tiempo a oscuras.
Por un instante, en apenas unos segundos, a veces se visulmbra al fondo de la escena una silueta. Grande, terrorífica, poderosa; ungida por la luz efímera y eléctrica.
Y así, como una foto, la imagen permanece en la retina haciendo que la sombra originaria, resulte ya otra cosa transformada.
En las líneas de la mueca que contempla, la sorpresa y la extrañeza al reconocer esa figura. Es la forma que dibujan tus caderas, en su paso fugaz por el espejo. 

sábado, 30 de junio de 2012

Dos libros, dos.

Hay una aspiración en todo el que escribe. Llegar a rozar algún día algo de lo que haya leído. Pero solo aquellos libros escogidos por gusto y no por obediencia. Por curiosidad y azar en un momento y lugar determinados. Me remito en este texto a dos que me han impresionado: La hora de la estrella, y El cielo es azul, la tierra blanca. Las autoras, dos, mujeres, dos, de distintos extremos del planeta: Clarice Lispector (Brasil) y Hiromi Kawakami (Japón).
Dejo aquí las notas que escribí al terminar cada uno de esos libros. Ellas me empujan a escribir, yo, estoy obligada a escucharlas.

                                    La hora de la estrella  


Quedarse quieta mirando este libro es un sufrimiento infinito. Ahora no sé qué hacer, sin Clarice, sin Macabea, sin ese autor repleto de existencia (¿o quizá no?), es quedarse sin órganos fonéticos, es querer pasar toda la vida muda, para siempre.
Ahora sé que puedo escribir (no sé si como ella) me ha dado palabras y el extenso universo de lo posible inacabado.
¿Punto final? No. Esa muerte que dice, el que narra desde Clarice esta historia, que todos necesitamos para poder resucitar de nosotros mismos. Yo, aún, estoy en proceso de descomposición.



El cielo es azul, la tierra blanca

Se me ha cambiado el tiempo de repente. Los compases se trastocan y como si de un torrente de agua se tratase, este libro me ha arrastrado por el vasto e inapreciable río del tiempo.
En mi línea cronológica vital, he avanzado dos puestos.
Es como si me hubiese desplazado, empujado hacia otra yo. Atravesada por una transición que me suspende, que me deja colgada en el aire, prendida en un clavo mal puesto hacia el poder ser.
Cuando comencé a leer, tenía apenas 17 años. La verdad, no lo recuerdo. Hoy cierro estas páginas con el peso de lo doble, y con la mirada cansina (y cansada) de la adulta.
Me han crecido por dentro las palabras; como un árbol. Ahora tengo los ojos llenos de memoria, borrachos de existencia.
No sé hacía dónde se dirige ya, el tiempo que camina. Acierto a ver mis pasos. Es todo lo que puedo.




jueves, 28 de junio de 2012

Un puñado de miedos

Relato intertextual donde los haya. El título viene del libro homónimo que en la infancia me encantó, escrito por Concha López Narváez. La historia me la contaron una tarde de invierno en "La Eriza Subersiva", un pequeño local asociativo en Hortaleza. Una amiga me dijo que lo había visto en un corto, y que estaría genial ponerle palabras para un cuentacuentos. Este fue el resultado. El corto, nunca lo encontré. 




UN PUÑADO DE MIEDOS

El niño de las piernas menudas y delgadas como alfileres y la cabeza hinchada como una sandía, pegó un alarido de pavor que se escuchó en todo el vecindario.
Era la hora de la siesta, verano y más de un vecino en bata y mala leche encima, gritó por la ventana: ¡Se callen coño!, ¿o es que no tiene uno derecho a dormir?
El niño de las piernas menudas y la cabeza grande estaba jugando tranquilamente sobre el piso de su terraza, dibujando y coloreando garabatos sobre lo que pretendía ser un sol, cuando una cucaracha, negra y brillante, se posó sobre su dibujo, haciendo de la tarde, un eclipse de primavera.
Entonces, se puso a temblar. Gritó sofocado, con la cara roja e hinchada, nadie le oyó más que el vecino. Pegó un salto, abandonando su dibujo y a su nueva compañera en el pavimento, se puso en pie, y volvió a gritar. Nada, nadie. Abrió la boca lo más que pudo, como si de repente se fuera a quedar sin aire y lo tuviera que aspirar a bocanadas y…
Tras las cortinas que daban entrada a la soleada terraza, apareció, corriendo torpemente, un señor con bigote de piernas menudas y cabeza grande.

–Papá, papá– repetía con la cara casi morada por el chillido anterior–¡Papá! – volvió a decir con lágrimas en los ojos.
>>He visto una cucaracha enorme, asquerosa, que se quiere comer mi dibujo, papá, haz algo por favor, tengo mucho miedo.

El niño de las piernas delgadas y la cabeza grande tenía un puñado de miedos. Tantos, que si hubiera tenido que ponerlos sobre una mesa y volvérselos a llevar, no le habrían entrado en los bolsillos.
Tenía miedo de la oscuridad, de las hormigas, arañas, escarabajos, lombrices, perros, gatos, insectos voladores y de todo aquello que él no fuera capaz de controlar.
Esta era la primera vez que se enfrentaba, cara a cara con una cucaracha, y en cuestión de segundos, el niño de piernas delgaduchas supo, que también les tenía miedo.

El padre, se agachó comprensivo, y acercó su enorme cabeza al oído del niño, dispuesto a susurrarle el más valioso de los secretos.

–La mejor manera de perder miedo a cualquier cosa, es enfrentándote a ella.
Imagínate, por ejemplo, esta cucaracha. Si te fijas, es diminuta comparada contigo. Apenas si tiene fuerzas para posarse encima de tu dibujo, y mírate, estas aterrorizado.
¿Qué puede hacerte esta insignificante y débil cucaracha, a la que sólo con un gesto podrías aplastar y hacer desaparecer?

El niño , miraba asombrado y atento a su padre, con los ojos tan abiertos que parecían dos huevos fritos.

–Vamos a hacer una cosa. Vas a meter a esa cucaracha en un bote. Y la vas a llevar a tu cuarto, a la mesita de noche. De tal manera, que todos los días, al acostarte y al levantarte, tengas oportunidad de verla. Habla con ella, obsérvala. Conócela de cerca, y si tienes el bote siempre cerrado, nunca te podrá hacer daño.

Esa misma noche, el niño de piernas finas y cabeza desproporcionada, tenía sobre su mesita de noche, justo al lado de Spiderman, un pequeño frasco de cristal, con una esbelta y ovalada cucaracha negra como el carbón.
Antes de apagar la luz, le dio las buenas noches a Spiderman, y la miró de reojo. Estaba quieta. No se movía. Se la acercó a la cara, y pudo ver cómo sus antenas, gigantes, se movían para buscar su presencia. Pegó un brinco en la cama. Con el ceño fruncido y la boca llena de repugnancia, la dejó, lentamente, de nuevo en la mesita.

–Buenas noches, Jesusito–. Apagó la luz, y cayó en un profundo sueño.

Al día siguiente, cuando despertó, tenía la esperanza de que aquel bicho infernal hubiera desaparecido. Se frotó los ojos varias veces, pero nada. Todavía seguía ahí. Inmóvil, desafiante. Se levantó corriendo de la cama y se fue a desayunar. Durante el resto del día, el niño de cabeza hiperbólica y piernas afiladas, estuvo feliz. No se encontró con ningún miedo más, hasta que volvió de nuevo a su cuarto. Ahí estaba, esperándole la pobre e infeliz cucaracha.
Se acordó de su abuela, de los zapatillazos que les daba cuando las veía subir por los muros de la casa del pueblo. La abuelita Puri, nunca había tenido miedo de las cucarachas.
Puri, así la llamaría. La cucaracha Puri. Seguro que ningún niño en el cole había tenido nunca una mascota tan peculiar.

–Buenas noches, Jesusito; Hasta mañana, Puri.

Pasaron los días y poco a poco, Puri, era casi, una más de la familia. La subía a la terraza y con una cuerdecita, jugaba a que la paseaba por el parque. Pobrecita Puri, todo el día encerrada en un frasco, le decía lastimero a su padre.

La sacaba a la calle, en su pequeño botecito de cristal, y le contaba, como si fuera un guía turístico, las cosas que pasaban ante sus ojos. Se la acercaba a la cara, pegadita a la mejilla y susurraba: “Puri, ya verás como cuando empiece el cole, te presento a todos mis amigos y todos te van a tener envidia y miedo. Menos yo, Purita, que soy tu mejor amigo”.

Al niño de la cabeza esférica y las piernas huesudas, se le iban llenando, poco a poco, día tras día, las estanterías de frascos con algún bicho dentro.
Todas las mañanas, se levantaba y cogía a Puri, que seguía ocupando su mesita de noche. Y con el frasco sujeto con las dos manitas, le iba presentando una a una, sus nuevas adquisiciones.
Tenía mariposas, lombrices, arañas, hormigas, moscas, mosquitos, avispas, escarabajos…Hasta un ratón muerto, que le había dado mucho asco recoger.

Una mañana soleada, cogió el frasco de Puri, se vistió a toda prisa y se montó en el coche con su padre rumbo al campo.

–Ya verás que de amigos te voy a traer, Puri. Encontraremos los seres más raros y asquerosos que hayas podido ver nunca. Les encerraremos en botes, y nunca más nos podrán hacer daño.

El niño de las piernas flacuchas y la cabeza inflada, estaba tan contento, que apenas si hacía caso a las indicaciones de su padre. Llevaba el tarro de Puri, apretado contra el pecho y no paraba de susurrarle cosas.
El padre, que de vez en cuando se giraba para ver qué hacía,  pronto le perdía de vista, para encontrar alguna nueva variedad de arbusto, o una chumbera cargada de higos.

De repente, el niño y  Puri –la cucaracha– estaban solos. Giró su enorme cabeza a un lado y a otro, pero nada. Su papá se había perdido. Por un momento, volvió a sentir ese cosquilleo en la garganta que llaman miedo.
Tuvo ganas de gritar, de llorar , de tirarse al suelo y patalear para que todo el mundo le oyera. Pero en vez de todo eso, miró a Puri y siguió caminando.

Alzó la mirada, y a lo lejos, pudo ver una silueta pequeña, cerca de un viejo pozo de piedra. Arqueó las pequeñas cejas que coronaban su enorme cabeza y miró con extrañeza a Puri, que estaba quieta, expectante, tras el grueso vidrio que la separaba de la realidad.

Avanzó lentamente entre los matorrales, sigiloso, arrastrando sus huesudas piernecitas.
Para sujetarse a los troncos que encontraba a su paso y no caerse, guardó con cuidado el tarro donde viajaba Puri, en la bolsa que colgaba de su hombro derecho.

Se fue acercando a la figura, procurando en todo momento que aquella desconocida personita no se percatase de su presencia.
Escondido y tras un árbol, pudo distinguir a una niña de trenzas largas y mejillas sonrosadas, que estaba recogiendo flores,  distraída, y las amontonaba cerca de un antiguo pozo de piedra.

Un escalofrío volvió a recorrer todo su cuerpo.

El niño de las piernas tan estrechas que parecían de palo y la cabeza planetaria caminó hacia ella. Asustada, la niña de las trenzas largas, le miró con  cara pasmada, tenía la boca muy abierta y las cejas tan altas que casi se juntaban con el pelo. Luego sonrió y musitó entre dientes un tímido saludo.
El niño, comenzó acaminar hacia ella, quería verla de cerca. Sacó sus pequeñas manos de los bolsillos, y tocó sus finísimas y largas trenzas. Señaló al pozo y le hizo un gesto para que le acompañara.

La niña de las mejillas sonrosadas y el cabello como un espigar, se colocó a su lado y le preguntó :
–¿Es la primera vez que pasas por aquí?, yo todos los fines de semana vengo al viejo pozo a recoger flores para mi abuelito que está enfermo.

El niño de cabeza chupa-chups y piernas casi transparentes, señaló, sin decir una palabra, el fondo del pozo. Su corazón latía rápidamente. Las piernecillas le temblaban como a un animal herido.
La niña, se apoyó en el borde del pozo y asomó la cabeza para comprobar qué era lo que había en el fondo.

El niño de las piernas temblorosas como una rama, sacó el frasco donde estaba su cucaracha, y lo colocó al lado de la niña. Dio un par de pasos atrás, se quedó quieto. Cogió carrerilla, y empujó con todas sus fuerzas a la niña, que apoyada en el pozo, le daba la espalda.

Se asomó al pozo, y observó, cómo lentamente, las largas y finísimas trenzas de la niña, desaparecían ante sus ojos de sapo.


lunes, 21 de mayo de 2012





Déjame que te recuerde
así quieto, frente al coche
con los ojos encharcados de deseo
con tus caderas apoyadas
en mi vientre.
Déjame que la memoria
se quede   bailando sin concierto,
al son de los minutos
que son años.
I

Se me ponen divinas las pestañas
al sentir que la cueva de tu pecho
resulta del vacío
de mi entraña.



II

Acaricié a Edith Piaf.
Luego me quedé inmóvil,
esperando un abrazo.

viernes, 18 de marzo de 2011

Quiero ser indecorosa, hasta que se vuelvan verdes las granadas
antes de que al alba se desgranen, y caigan sus pepitas,
podridas: en el suelo.
Voy a derramar en la boca del silencio
lava ardiente que extermine los fantasmas y los velos.
Y si todo queda en pie, si todo queda quieto,
prenderán distintas llamas
en el cajón, del ansia y del deseo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Terminó de leer, he hice que lo repitiera.
Yo continuaba absorta en aquellos ojos verdes que de vez en cuando, se despegaban del texto y se clavaban en mí.
-Pero, si yo no me he inventado esta historia, y además, no la cuento tan bien.
- Elena, sigue leyendo, por favor.
Y ella frunció el ceño como cuando los niños chicos quieren decirte sin hablar y comenzó a repetir de nuevo, desde la primera palabra, ese cuento sin autora.
Yo tan solo quería besar aquellos labios de color carmín robado y lo hice. Y ella dejó entretanto resbalar los fonemas desde debajo de su lengua. Los dejó resbalar por debajo de su falda. Dejándose caer...

martes, 14 de septiembre de 2010

Aplasto la frente sobre el espejo.
Dejo una mancha de sangre al retirarme.
Comprendo que llevo grabada
la marca de Caín.

viernes, 30 de abril de 2010

Fe de erratas

Perdone señorita, no he podido más que observarla al pasar y me he visto en la obligación de decírselo- me dijo de pronto un hombre moreno con una toalla al cuello a la puerta de un gimnasio.
-¿Decirme qué?-contesté extrañada mientras intentaba zafarme del brazo que me tenía sujeto- ¿Acaso le conozco?
- Decirle que es la décima vez que la veo pasar por delante de este ginmasio. Como ve, está lleno de cristales y cuando la veo...
-¿Qué sucede cuando me ve, caballero?- esta vez era yo la que quería escuchar la respuesta. Me daba un poco de miedo instigar de ese modo a un desconocido pero entonces, sujeté su mano con la mía y repetí- ¿qué, qué sucede?
-Sucede...-hizo una pausa- creo que se va a reir de mí.
-No, por favor, no pare, continúe, se lo ruego.- La intriga me quemaba por dentro, sentía la garganta seca pensando que, a lo mejor ese hombre había descubierto algo de mí que yo desconocía.
- Bien- respiró hondo y prosiguió- sucede que creoq ue usted, es la mujer de mi vida. Siempre que la he mirado, me ha devuelto la mirada o una sonrisa.
- Es cierto, asentí con la cabeza- y es que realmente a ese desconocido le había estado observando siempre que pasaba los martes a las siete de la tarde delante de ese gimnasio.- Pero eso no quiere decir nada.
- Sí, si quiere decir. Dime que vas a cenar conmigo.
-¿Ya pasamos del usted al tú, caballero?- le dije haciéndome la estrecha. Miré el reloj: martes, siete y cuarto.
- No se lo tome a mal, pero y ¿si traducimos estas miradas en una conversación con dos copas de vino?
Entonces le miré de arriba a abajo. Realmente era guapo aquel hombre. Y tenía, ese halo que te deja entrever que efectivamente, podrá darte todo lo que necesitas, todo lo que deseas. Volví a mirar el reloj de nuevo: martes, siete y veinte. Me armé de valor y mirándole a los ojos le dije:
- Lo siento caballero, hoy llego tarde. He quedado con la persona equivocada y no quiero hacerla esperar.
Descolgué mi brazo de su mano y me alejé a paso ligero. Cuando llegué a la siguiente esquina me giré y le dije:
Nos vemos el martes, a las siete.

martes, 2 de febrero de 2010

La mentira es como un puzzle:
Una siempre está ansiosa
por encajar
la última pieza.

lunes, 1 de febrero de 2010

Allegro Moderatto

Escucho ese piano agitado de un Beethoven que hace de las teclas, cómplices inermes de su desamparo.
Recuerdo entre medias tu sonrisa, y entre las sábanas de madrugada, añoro tu calor.
Ir y venir que me dijiste y sigo pensando en tanto,
Cuánto de locura tuvo esta primavera; cuánto de deseo no se perderá con el invierno...
En noches de tormenta,
las gentes temerosas, corren hacia sus casas.
Las reses se guardan prestas en el granero
huyendo de los rayos que persiguen al ganado.
¿Porqué se dirige entonces, señora
bajo la copa de los árboles?
Quisiera ser cada una de las caras
del prisma que filtra
tu mirada.
Tengo en dos quebrada el alma:
una parte, escucha tango.
La otra,
lo compone.