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miércoles, 2 de enero de 2013

No sé  si lo que quema
son tus ojos o tus labios.
Un solo roce
y lenguas incipientes de deseo
convierten el agua en combustible.


No sé si tus palabras
o su cauce
me hacen oscilar frente al vacío.
O es la cuenca de tu pecho,
la entrada a mi morada.

No sé qué es lo que esconde
el presente a sus espaldas
Ni si esta luz es fogonazo, chispa o
brizna pasajera.

Solo sé que tu presencia
mantiene indiferente a la locura.

viernes, 26 de octubre de 2012

Se me ha clavado el miedo
en el techo de la boca.
Como un anzuelo negro,
oxidado, de punta roma y vieja guita.
Que intenta arrancar de cuajo las entrañas
dejándome el esófago repleto
de sangre visceral, a veces rancia.
Se me ha clavado el miedo
en la garganta,
y lucho
porque de esta, no vomite
la templanza.  


jueves, 6 de septiembre de 2012

A veces, un rayo intempestivo ilumina zonas de la tierra que han estado largo tiempo a oscuras.
Por un instante, en apenas unos segundos, a veces se visulmbra al fondo de la escena una silueta. Grande, terrorífica, poderosa; ungida por la luz efímera y eléctrica.
Y así, como una foto, la imagen permanece en la retina haciendo que la sombra originaria, resulte ya otra cosa transformada.
En las líneas de la mueca que contempla, la sorpresa y la extrañeza al reconocer esa figura. Es la forma que dibujan tus caderas, en su paso fugaz por el espejo. 

sábado, 30 de junio de 2012

Dos libros, dos.

Hay una aspiración en todo el que escribe. Llegar a rozar algún día algo de lo que haya leído. Pero solo aquellos libros escogidos por gusto y no por obediencia. Por curiosidad y azar en un momento y lugar determinados. Me remito en este texto a dos que me han impresionado: La hora de la estrella, y El cielo es azul, la tierra blanca. Las autoras, dos, mujeres, dos, de distintos extremos del planeta: Clarice Lispector (Brasil) y Hiromi Kawakami (Japón).
Dejo aquí las notas que escribí al terminar cada uno de esos libros. Ellas me empujan a escribir, yo, estoy obligada a escucharlas.

                                    La hora de la estrella  


Quedarse quieta mirando este libro es un sufrimiento infinito. Ahora no sé qué hacer, sin Clarice, sin Macabea, sin ese autor repleto de existencia (¿o quizá no?), es quedarse sin órganos fonéticos, es querer pasar toda la vida muda, para siempre.
Ahora sé que puedo escribir (no sé si como ella) me ha dado palabras y el extenso universo de lo posible inacabado.
¿Punto final? No. Esa muerte que dice, el que narra desde Clarice esta historia, que todos necesitamos para poder resucitar de nosotros mismos. Yo, aún, estoy en proceso de descomposición.



El cielo es azul, la tierra blanca

Se me ha cambiado el tiempo de repente. Los compases se trastocan y como si de un torrente de agua se tratase, este libro me ha arrastrado por el vasto e inapreciable río del tiempo.
En mi línea cronológica vital, he avanzado dos puestos.
Es como si me hubiese desplazado, empujado hacia otra yo. Atravesada por una transición que me suspende, que me deja colgada en el aire, prendida en un clavo mal puesto hacia el poder ser.
Cuando comencé a leer, tenía apenas 17 años. La verdad, no lo recuerdo. Hoy cierro estas páginas con el peso de lo doble, y con la mirada cansina (y cansada) de la adulta.
Me han crecido por dentro las palabras; como un árbol. Ahora tengo los ojos llenos de memoria, borrachos de existencia.
No sé hacía dónde se dirige ya, el tiempo que camina. Acierto a ver mis pasos. Es todo lo que puedo.




viernes, 30 de septiembre de 2011

Cuando al lavar la cara en la mañana
y pasar suaves las palmas sobre el rostro
de hollín queden las arrugas dibujadas,
y de asfalto puro, la boca de la boca:
Es momento de mirar el agua en que te lavas,
y no querer borrar tu gesto
por una sucia marca.
Sino dejar atrás las apariencias
y cambiar por agua cristalina
pura, sana
aquella porquería
que hasta entonces
alimentaba cada día  tus entrañas.