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viernes, 26 de octubre de 2012

Se me ha clavado el miedo
en el techo de la boca.
Como un anzuelo negro,
oxidado, de punta roma y vieja guita.
Que intenta arrancar de cuajo las entrañas
dejándome el esófago repleto
de sangre visceral, a veces rancia.
Se me ha clavado el miedo
en la garganta,
y lucho
porque de esta, no vomite
la templanza.  


jueves, 6 de septiembre de 2012

A veces, un rayo intempestivo ilumina zonas de la tierra que han estado largo tiempo a oscuras.
Por un instante, en apenas unos segundos, a veces se visulmbra al fondo de la escena una silueta. Grande, terrorífica, poderosa; ungida por la luz efímera y eléctrica.
Y así, como una foto, la imagen permanece en la retina haciendo que la sombra originaria, resulte ya otra cosa transformada.
En las líneas de la mueca que contempla, la sorpresa y la extrañeza al reconocer esa figura. Es la forma que dibujan tus caderas, en su paso fugaz por el espejo. 

sábado, 30 de junio de 2012

Dos libros, dos.

Hay una aspiración en todo el que escribe. Llegar a rozar algún día algo de lo que haya leído. Pero solo aquellos libros escogidos por gusto y no por obediencia. Por curiosidad y azar en un momento y lugar determinados. Me remito en este texto a dos que me han impresionado: La hora de la estrella, y El cielo es azul, la tierra blanca. Las autoras, dos, mujeres, dos, de distintos extremos del planeta: Clarice Lispector (Brasil) y Hiromi Kawakami (Japón).
Dejo aquí las notas que escribí al terminar cada uno de esos libros. Ellas me empujan a escribir, yo, estoy obligada a escucharlas.

                                    La hora de la estrella  


Quedarse quieta mirando este libro es un sufrimiento infinito. Ahora no sé qué hacer, sin Clarice, sin Macabea, sin ese autor repleto de existencia (¿o quizá no?), es quedarse sin órganos fonéticos, es querer pasar toda la vida muda, para siempre.
Ahora sé que puedo escribir (no sé si como ella) me ha dado palabras y el extenso universo de lo posible inacabado.
¿Punto final? No. Esa muerte que dice, el que narra desde Clarice esta historia, que todos necesitamos para poder resucitar de nosotros mismos. Yo, aún, estoy en proceso de descomposición.



El cielo es azul, la tierra blanca

Se me ha cambiado el tiempo de repente. Los compases se trastocan y como si de un torrente de agua se tratase, este libro me ha arrastrado por el vasto e inapreciable río del tiempo.
En mi línea cronológica vital, he avanzado dos puestos.
Es como si me hubiese desplazado, empujado hacia otra yo. Atravesada por una transición que me suspende, que me deja colgada en el aire, prendida en un clavo mal puesto hacia el poder ser.
Cuando comencé a leer, tenía apenas 17 años. La verdad, no lo recuerdo. Hoy cierro estas páginas con el peso de lo doble, y con la mirada cansina (y cansada) de la adulta.
Me han crecido por dentro las palabras; como un árbol. Ahora tengo los ojos llenos de memoria, borrachos de existencia.
No sé hacía dónde se dirige ya, el tiempo que camina. Acierto a ver mis pasos. Es todo lo que puedo.




viernes, 30 de abril de 2010

Fe de erratas

Perdone señorita, no he podido más que observarla al pasar y me he visto en la obligación de decírselo- me dijo de pronto un hombre moreno con una toalla al cuello a la puerta de un gimnasio.
-¿Decirme qué?-contesté extrañada mientras intentaba zafarme del brazo que me tenía sujeto- ¿Acaso le conozco?
- Decirle que es la décima vez que la veo pasar por delante de este ginmasio. Como ve, está lleno de cristales y cuando la veo...
-¿Qué sucede cuando me ve, caballero?- esta vez era yo la que quería escuchar la respuesta. Me daba un poco de miedo instigar de ese modo a un desconocido pero entonces, sujeté su mano con la mía y repetí- ¿qué, qué sucede?
-Sucede...-hizo una pausa- creo que se va a reir de mí.
-No, por favor, no pare, continúe, se lo ruego.- La intriga me quemaba por dentro, sentía la garganta seca pensando que, a lo mejor ese hombre había descubierto algo de mí que yo desconocía.
- Bien- respiró hondo y prosiguió- sucede que creoq ue usted, es la mujer de mi vida. Siempre que la he mirado, me ha devuelto la mirada o una sonrisa.
- Es cierto, asentí con la cabeza- y es que realmente a ese desconocido le había estado observando siempre que pasaba los martes a las siete de la tarde delante de ese gimnasio.- Pero eso no quiere decir nada.
- Sí, si quiere decir. Dime que vas a cenar conmigo.
-¿Ya pasamos del usted al tú, caballero?- le dije haciéndome la estrecha. Miré el reloj: martes, siete y cuarto.
- No se lo tome a mal, pero y ¿si traducimos estas miradas en una conversación con dos copas de vino?
Entonces le miré de arriba a abajo. Realmente era guapo aquel hombre. Y tenía, ese halo que te deja entrever que efectivamente, podrá darte todo lo que necesitas, todo lo que deseas. Volví a mirar el reloj de nuevo: martes, siete y veinte. Me armé de valor y mirándole a los ojos le dije:
- Lo siento caballero, hoy llego tarde. He quedado con la persona equivocada y no quiero hacerla esperar.
Descolgué mi brazo de su mano y me alejé a paso ligero. Cuando llegué a la siguiente esquina me giré y le dije:
Nos vemos el martes, a las siete.

lunes, 1 de febrero de 2010

En noches de tormenta,
las gentes temerosas, corren hacia sus casas.
Las reses se guardan prestas en el granero
huyendo de los rayos que persiguen al ganado.
¿Porqué se dirige entonces, señora
bajo la copa de los árboles?